Encontrándonos marzo 2019: “Somos creados para la felicidad”

“La felicidad es como una mariposa, decía Henry Thoreau, cuanto más la persigues, más te eludirá. Pero si vuelves tu atención a otras cosas, vendrá y suavemente se posará en tu hombro”. La imagen es clara y sirve para comunicar que la felicidad no es algo que se pueda «perseguir directamente». La imagen de la mariposa es la de un ser libre. No es algo que se pueda «poseer». Sí puede en cambio, «posarse» sobre ti.

 

Hace unos días recibí una reflexión muy oportuna para este comienzo del camino cuaresmal, del P. Farés sj que puede ayudarnos en el asumir el sueño de Dios para nosotros: la felicidad, la Bienaventuranza que es Jesús mismo:

Somos creados para la felicidad

El Papa Francisco, al comienzo de «Alégrense y regocíjense», nos recuerda: «El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados» (GE 1).

No debemos dar por descontado que somos creados para la felicidad.  Gran parte de los «meta-mensajes» que vienen incluidos en los productos y en las propuestas que nos ofrece el mundo actual contienen una idea que podríamos formular así: no hay felicidad eterna, así que tratá de buscar la tuya, hoy. Reflexionando sobre la felicidad, porque puede que haya una especie de prejuicio, que hace que nos resulte un tanto extraña una palabra que está muy unida a la felicidad, la «santidad». Cuando se escucha la palabra «santidad», lo que viene a la mente no es precisamente la idea de «felicidad», sino más bien ideas como «sacrificio», «ideal inalcanzable», «gracia que solo tienen algunos elegidos y no la gente común». Lo que quiero decir es que uno no pone entre sus tareas del día, algo así como «alcanzar la felicidad». Y sin embargo, no estaría mal agendarse o ponerse como meta del día «hoy tengo que ser feliz». Armar una pequeña lista de «cosas que me hacen feliz» no estaría mal, no? Aparecen enseguida, montones de pequeñas cosas que, en medio de la dureza de la vida, me hacen feliz. El aire fresco de la mañana, el sol en la calle, la sonrisa de los niños, la música en la radio, un mate, el mensajito de un amigo, un salmo de alabanza, la gente trabajando en lo suyo…

“La felicidad es como una mariposa, decía Henry Thoreau, cuanto más la persigues, más te eludirá. Pero si vuelves tu atención a otras cosas, vendrá y suavemente se posará en tu hombro”. La imagen es clara y sirve para comunicar que la felicidad no es algo que se pueda «perseguir directamente». La imagen de la mariposa es la de un ser libre. No es algo que se pueda «poseer». Sí puede en cambio, «posarse» sobre ti.

La felicidad tiene que ver con el fin. Es lo que sucede cuando termina un partido y uno ganó, cuando concluye un trabajo y uno ve que quedó bien hecho, cuando uno se recibe luego de años de estudio… Hay también otro tipo de realidades de las que podemos decir que no «terminan» sino que son un fin en sí mismas, como una fiesta, por ejemplo. En ellas la felicidad se experimenta antes, al prepararlas, en el momento en que se viven y luego, al recordarlas.

Estas dos reflexiones ayudan a ver que la felicidad es una especie de termómetro que permite de alguna manera «medir» o comprender el grado de dignidad que tiene una realidad. La felicidad que experimentan los padres al compartir la felicidad de un hijo, por ejemplo el hecho de que sean felices con solo verlo feliz, es un índice de que están viviendo en un momento concreto, algo que da sentido a toda una vida. Francisco habla de «los santos de la puerta de al lado». Y de las bienaventuranzas – las “felicidades”- nos dice que «en ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas» (EG 63). Es decir: el Papa nos abre los ojos a una santidad y a una felicidad de barrio, no de convento;  a una santidad y felicidad que es cuestión de cara, de ojos buenos y de sonrisa amable y no de cara de vinagre.

Foto de: www.imgrumweb.com

Somos seres de encuentro: Venimos del encuentro y estamos llamados al encuentro. En medio de los encuentros verdaderos es donde surge y se expande lo que llamamos felicidad. Eso sí, para que acontezca un encuentro hay condiciones:

  1. Una mirada atenta, no posesiva, integradora, de contemplar realidades ricas de vida y belleza y no superficiales. Esta mirada nos lleva a ver la positividad interior de cada cosa, su esencia única.
  2. El corazón “afectado”: es la alegría que experimenta el corazón ante la presencia viva del otro con quien me encuentro.

Este horizonte y esta profundidad «afectada» son dos condiciones para que se dé un verdadero encuentro. Podemos agregar otras capacidades que hay que poner en juego para que haya encuentro: ser generosos, sinceros, cordiales, comunicativos, participativos, etc.

Tres encuentros: con Dios, con el prójimo y con las demás especies del planeta

  1. El encuentro con Dios:

Creados y recreados: Es el Padre que nos dio la vida y nos ama tanto. Una vez que lo aceptamos y dejamos de pensar nuestra existencia sin Él, desaparece la angustia de la soledad (Sal. 139). Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor (Rm. 12,1-2) y dejaremos que él nos moldee como un alfarero (Is. 29,16). Estamos siendo creados y moldeados cada día por Él, a cada momento.

 

Vivimos en Otro: Hemos dicho tantas veces que Dios habita en nosotros, pero es mejor decir que nosotros habitamos en Él. En él somos santificados. Habitar nos recuerda que somos seres que viven no solo en el espacio físico sino, principalmente, en el espacio espiritual de nuestra cultura: habitamos nuestra lengua y nuestra música tanto como nuestro paisaje, nuestra comida y nuestros aromas tanto como las calles que pisan nuestros pies. Habitamos también nuestro espacio político, el que nuestras costumbres y códigos y leyes nos hacen comportarnos socialmente, relacionarnos de manera justa. Y habitamos nuestra fe, nuestras creencias. Son todos «ámbitos» en los que habitamos, porque nuestro «ser» es siempre encarnado, situado culturalmente. Habitamos nuestra historia. Al estar en un lugar, al caminar, no estamos «puntualmente»: estamos con memoria del camino recorrido y mirando hacia adelante, soñando abrir caminos y espacios mejores para que habiten nuestros hijos. 

Caminando en su Presencia: Ser creatura es caminar. No somos seres instalados, quietos, ya formados. Nos vamos haciendo. El Señor nos crea en movimiento, nos va formando. Este caminar no es externo solamente. Nuestro crecer, nuestro ir desarrollándonos es un modo de caminar interno: lo que somos se va desarrollando interior y exteriormente. Nuestro «ser creatural» se expresa en el dinamismo propio de cada nivel de nuestro ser. Lo que sucede en el interior de nuestro funcionamiento corporal se replica también en el cuerpo social.

 

  1. Encuentro con los hermanos

En unión con todo el pueblo: El Papa nos regala sus imágenes preferidas de santidad, en las que se la ve brotar de diversos modos de encuentro: «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios o para usar otra expresión, «la clase media de la santidad» (EG. 7).

El encuentro con los más necesitados, en primer lugar:

Dice también Francisco «Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?” (GE. 58). Si paso de largo ante esa creatura infinitamente amada por el Padre, paso de largo ante mí mismo, ante mi «ser social» que siente placer -genera vida- solo en el encuentro con ese igual. Suprimir el placer que genera la misericordia es suprimir el placer que brota del bien de la especie, del bien de la comunidad.

  1. Encuentro con el planeta: aprender de las otras especies

Los animales, de alguna manera son seres «ya encontrados» en el sentido de que no existe en ellos la posibilidad del individualismo: todo en ellos se orienta a su especie. Nosotros, en cambio, constantemente «nos tenemos que encontrar». Se nos regala el que podamos ser libremente lo que somos naturalmente: seres de encuentro. Nos es dado que el encuentro sea libre, con las personas que queramos y que elijamos. Una bandada de pájaros de esas que crean dibujos en el cielo que nunca dejan de asombrarnos, son seres ya encontrados. A nosotros nos causa admiración porque nos revela lo que podríamos hacer si trabajáramos solidariamente y también nos hacen sentir lo difícil que es para nosotros eso que para ellos resulta espontáneo y natural. Nosotros tenemos esta «particularidad»: la de que nuestros encuentros sean autoplanificados libremente.

Pero no somos menos creaturas por ello, ya que no nos damos la existencia. Tenemos una pesada responsabilidad: la de no arruinar el planeta. Esto sí depende enteramente de nosotros, en cuanto que todo nuevo ser humano nace del encuentro de sus padres en un pueblo concreto, tenemos la responsabilidad de cuidar a las futuras generaciones, de sobrevivir como especie humana en cada raza y en cada continente. Tarea que también estamos realizando de manera egoísta y miope, cuando no salvajemente cruel.

Es necesaria hoy una verdadera santidad creatural, cuya característica principal consiste en la humildad. Hasta ahora, como especie, estamos muy por debajo del índice de cualidad de las demás. Y no porque la mayoría de los seres humanos no estén dando su vida por la humanidad, sino porque una minoría desnaturaliza los esfuerzos comunes utilizando los recursos para fines particulares. No estamos realizando el fin social que nos es propio! Aunque hagamos progresos increíbles a nivel de grupos particulares. Un avance sin conciencia social es un retroceso, porque genera violencia! Cómo es que no comprendemos esta verdad tan simple?.”

Hasta acá la reflexión del P. Diego Farés… ¡Qué bueno sería seguir conversando en familia, en comunidad, esta propuesta de santidad cotidiana, de felicidad al alcance de nuestra mano, si vivimos nuestros encuentros a fondo, en estas tres dimensiones de nuestro ser!.

Concluyendo nuestro ENCUENTRO mensual, les regalo esta hermosa oración del Cardenal Henry Newman, deseándoles un fecundo camino cuaresmal:

“Sea quien seas, Dios se fija en ti de modo personal, te llama por tu nombre, te ve y te comprende tal como te hizo, sabe lo que hay en ti. Conoce todos los pensamientos y sentimientos que te son propios. Todas tus disposiciones y gustos, tu fuerza y tu debilidad. Te ve en tus días de alegrías y también en los de tristezas. Se solidariza con tus esperanzas y tentaciones, se interesa por todas tus ansiedades y recuerdos, por todos los altibajos de tu espíritu.

Él te rodea con sus cuidados y te lleva en sus brazos, Él ve tu auténtico semblante ya esté sonriente o cubierto de lágrimas, sano o enfermo. El vigila con ternura tus manos y tus pies. El oye tu voz, el latido de tu corazón y hasta tu respiración. Tú no te amas a ti mismo más de lo que Él te ama”.

Un fuerte abrazo y mi oración,

Hna. Marta Riccioli

 

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